Es domingo y ni siquiera tarde. Amanecí en la casa que fue de mis padres y poco a poco es de mi hermana y su hijo, de alguna forma sigo deshabitado. Acampé un rato en las afueras del sueño hasta que mi espalda me pidió dejar ese sofá que traga. Estoy de nuevo en mi casita. Tomé té. Lavé los trastes, recordé todas las casas donde he lavado trastes, talvez no todas, seguramente me faltó alguna, lo que sí recuerdo es que en el único lugar donde he quebrado un traste es en casa de Amaranta. También la recordé a ella y sus enchiladas mineras, y esos tiempos en que la poesía era algo no tan lejano. Hoy domingo no quebré ningún vaso, porque lavé puros vasos y tazas y copas y tarros y alguna diminuta cuchara con que agito el café y el té, mas bien el azúcar. Mi dieta poco a poco se hace líquida.

Pasé por los libros que saqué de mi nueva biblioteca. Inicié Una novelita lumpen. la novela está narrada por una italiana que se llama Bianca. Eso me hizo recordar un trapecio colgado del techo de un departamento de Nueva York. (Aprobecho para saludar). recordé a Rafa y su tesis sobre la pornografía y sus cigarros American Spirit y su calidad de siempre estar perdido. Recordé la oficina del profe Mario Martín, el profesor que más quiero y admiro de toda mi inútil y seguramente desperdiciada vida de estudiante. A él no lo recordé, recordé su oficina: todos esos libros que podrían ser una amenaza de incendio. Recordé la luz que entraba de este a oeste, por las mañanas entre las persianas; un poco también recuerdo la sensación de exilio. Todos esos libros me parecían frascos de tierra y arena, muestras recolectadas de un país que ya no será jamás, que tal vez nunca fue; frascos que se abren de vez en cuando para vaciar su contenido en las manos y traerlas sucias un rato, un rato bajo las uñas, para sentir que se sigue trabajando con las manos, que en verdad no somos tan inútiles que de algo servimos aunque estemos lejos y cada vez mas extraños.

Hoy es domingo y ni siquiera tarde. Siempre me sucede esto en domingo me pongo algo pensativo aunque seguramente terminaré riendo eufóricamente con los amigo ya por la tarde, cuando la luz baje y entren de oeste a este por mis cortinas y enciendan todos los libros tirados en el piso traídos a Tijuana de bibliotecas y librerías gringas, o de las ciudades esas que poco a poco también se van de México. A esa hora en que la quemazón me dejará una noche más sin casa. Con una manta sobre los hombros que me prestará un vecino, porque ya también se fue el calor de las noches. Regresaré el lunes por las cenizas a meterlas en frascos y así cualquier domingo en cualquier otro lado abrir uno, vaciarlo sobre mi mano para andar sucio un rato, un rato con cenizas bajo las uñas para saber que algo ardió un domingo por la tarde mientras yo reía y ya nada me parecía extraño.

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