Brindamos por el precipicio.



Alguna vez supe de alguien que se aventaba al precipicio con nada más que un sueño como paracaídas o como cuerda de seguridad o como red al fondo. No recuerdo bien como lo salvaría. Lo que si recuerdo es que no duró mucho, creo que murió en el segundo salto.

Muchos lo conocimos, iba al mismo bar que nosotros, en ocasiones se sentaba a nuestra mesa, siempre traía una mochila donde guardaba todo menos una cuerda o una red o un paracaídas, mucho menos su sueño. Ese estaba en otro lado.

En aquellas noches en que pegábamos nuestros labios, (pensando que habían estado en todos lados) a la boca de la cerveza, luego a la que se dejara, a la de mejor sonrisa, a la de menos reproches, nos preguntábamos cómo había sobrevivido al primer salto, como fue que salió ileso, en que momento se supo a salvo.

Muchos años después, en el mismo bar (concientes que nuestra boca no nos llevaría a ningún lado) nos preguntamos por él, por la caída, por el sueño. Cerramos los ojos en un simulacro ingenuo y es ahí que nos damos cuenta que a nosotros nada nos salvaría.

Abrimos los ojos y brindamos.

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