Ahora que la gasolina está tan cara, valoro el tiempo de lectura en el trolley y me preocupa un poco lo que la gente piensa de mi.

Camino de todos lados a todos lados.

Hablo, verdaderamente, solo y pienso que no puedo ni pensar en una banca.

Camino mientras leo.

Mientras hago fila a pie para cruzar la frontera (martes y Jueves)
del trolley a la clase de la clase a otra clase de la clase a comer
de página a página hasta que me tropiezo con una idea que me empuja a bajar el libro y pensar.

Pienso mientras camino.

Esto no es tan difícil como leer mientras camino, no es tan difícil hasta que tengo que verbalizar lo que pienso y entonces hablo.

Hablo mientras camino.

Hablar mientras camino es mucho más difícil si lo que piensas no lo entiendes y lo volteas y lo repliegas, lo estiras y lo masticas hasta que ya no caminas de forma normal sino con mímicas y pasos variados como un vals bailado por un gorila. De pronto te ves: hablas de algo que leíste y no comprendes y caminas, parece que cojeas y parece que retomas un ritmo, parece que hablas. Te ves y sientes pena. Es ahí que vuelves al libro y sigues caminando.

Ni pensar en una banca, no hay tiempo ni para pensar a gusto en una banca.

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