Pa' la abuela y un poco pa' Don Marcos que día a día se parece más a ella, sobretodo si sale del cuarto encorvado y con el gorrito tejido cubriéndole del frio.


Te fuiste cuando se cayeron las torres; poquito antes, poquito después, no importa, cuando se asentó el polvo tú ya no estabas ahí.


Yo comencé a cruzar en bicicleta a la escuela, la amarraba a la cerca del trolley donde cupiera haciéndole campo entre otras bicicletas como cuando se mete un naipe entre todas las cartas esparcidas, nunca en mi vida había visto tantas bicicletas.
Nunca tampoco había mirado a mi padre reaccionar así ante la muerte, seguramente ya eran muchas.

Esa mañana murió la abuela:
97 años de edad y monedas siempre en la mano para darme
aunque no recordara de quien era hijo: que guapo te has puesto, tan grandote, te pareces a tu padre él tenía tus mismas manos.
La abuela no alcanzó a ver los aviones estrellarse.
La noticia golpeó la casa igual de fuerte, se rompieron vidrios o por lo menos así se miraba entre las lagrimas de Don Marcos y el silencio de las cosas que se quiebran por dentro.
Aquí también se vino abajo algo, no todo, porque mucho en la casa esta acomodado y sujeto para no caerse. La experiencia: prepararse para el temblor porque se ha vivido uno y se esperan más.

Este mañana salió tu hijo, encorvado y viejo, de su cuarto, con un gorrito tejido que parece le heredaste. Pasó un avión, (cosa común en la Libertad) pero sentí 4.3 grados en la escala de las certezas y recordé el desmoronamiento.

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