Me da miedo cuando las ramas le pegan a la pared de mi casa.
Y me despierto y escribo.
Me doy cuenta que soy inmensamente cobarte (y me lo han dicho), y que temo a muchas cosas:
a las avispas y los pájaros grandes (incluyendo los pericos)
las personas de vista esquiva y caminar rápido
a decir “chale, apoco ya fue todo, apoco aquí se acabó el corrido”
encontrar un dedo dentro de una cocacola; o un ojo.
llegar a casa y saber que falta alguien mas, que la familia pierde miembros como los gana.
que sandiego explote por bélica y nos lleve la chingada a todos por fronterizos, a ver si es cierto que es re-suave ir shopping a Chernobil.
a que un día tenga un perrito y le vuelva a poner camilo y se vuelva a morir
reprobar
amanecer sin pene o con menos pene, (cualquier perdida sería cuantiosa)
que lloviera y con tanto lodo Tijuana parezca masa para tamal de dulce y las casas sean las pasitas
perder otra muela
Toparme frente a frente con los duendes que se roban mis calcetines izquierdos
platicarte mi día y que ya no te importe
que no me importe tu día
chocar en sandiego o aquí pero en sandiego más.
que suene el teléfono con una noticia que vuela rápido
ir en la rueda de la fortuna rodando por el parque.
Que me secuestren los marcianos por escribir tantas pendejadas.
Que la rama siga golpeando, empujada por el viento, la pared de mi casa y no poder decirte:
es solo el árbol,
sigue durmiendo,
no tengas miedo,
yo te protejo.

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