Creo que cada vez estoy más tonto, cada vez entiendo menos. Las oraciones en los libros son más infinitas, cruzar la calle me da más miedo.
Anoche doblaba una bufanda en la sala de esperas mientras a la granola le sacaban un vidrio encapsulado en su temporal, llegó un niño con la tibia y el peroné destrozado y no lloraba. El padre y la madre tampoco, yo me tuve que salir a moquear al pasillo. No entiendo los hospitales, antes eran ciencia exacta. Sabía por ejemplo que quien diseña la iluminación fue y vino a la muerte para asegurarse de que quien entre a los hospitales iluminados por él tendrá su vista acostumbrada, preparada para el cambio. Sabía también que la gente que trabaja en los hospitales son como de otra especie, evolucionaron del lobo. Rondan los pasillos con miradas de cazadores cansados. Entran miran, huelen, sonríen, atacan, mientras nosotros estamos ahí acicalándonos, sentados en una esquina del cuarto con una ramita en la boca, junto a los pacientes o sobre la cama. De igual forma el tiempo dentro de los hospitales sabe que es libre y aprovecha para jugar, se pone a correr o dormir o a jugar a las escondidas a los encantados.
Ahora todo esto me parece incierto, aunque creo firmemente en estas características especiales, me doy cuenta con los años que es imposible meter luz natural a esas estructuras, que saldría carísimo iluminar los espacios con luz mas amigable. Los trabajadores de hospital simplemente están haciendo su trabajo y hacerlo por una semana ya es hacerlo por demasiado tiempo. Me doy cuenta también que no es el tiempo el que se trastoca dentro de los hospitales, es nuestra paciencia, ahora sé porqué se nos llama pacientes, pero sigo sin entenderlo.

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