Dejaste una cerveza frente a ella, la miró y sonrió. Golpeteó con los dedos la mesa y tomó la botella. Imaginaste que eras tú quien bajaba por esa garganta y cerraste los ojos; viejo y común reflejo de culpabilidad. Preguntó por la salud de tu padre y la cantidad de gatos nuevos, por el manuscrito que era un embrión cuando se fue: bien; 7 ahora pero parece que Picolina está cargada; lo aborté. Te pidió que le leyeras algo, tú sabias que no querías hablar y caminaste al librero. El silencio siempre fue tu puerta de escape, leer tu gran salvo conducto. De los lomos que se asomaban salían gritos, imágenes y montones de fantasmas que te decían: tómame, léeme, yo la mato, yo la recupero, yo la desnudo, yo la corro, tómame, léeme. Tomaste uno de los libros nuevos esos que son callados porque no te conocen, como cuando un amigo te presenta a otro y este se mantiene al margen, hasta que comienzas a leerlo y él a leerte. En efecto el libro nuevo era un gran lector pronto dijo: escogiste bien:

No tenemos sino eso: es decir nada
Mejor dicho: no tengo nada. Y punto.

Si tocas las palabras anteriores
te quedará la mano ensangrentada. (Eduardo Carranza)


Tomó de nuevo de su cerveza pero ahora no imaginaste nada. Me tengo que ir te dijo. Asentiste inclinando la cabeza. No me dices nada te preguntó. Negaste con una sonrisa.
Adios. Y punto. Te dijo. Salió con su bolso nuevo y dentro de él unos cuantos de sus libros, los que no gritaban nada porque te conocían bien como cuando las amigas se callan a tu llagada a su mesa.

Cuando se escuchó el atrancar del cancel salieron las palabras que te guardaste, cortaron tú garganta y arrojaste sangre. La diluiste con los restos de su cerveza y leyendo.

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