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texto de la presentación de
Lauréline Saintemarie y fotos tomadas por Esteban Martini.


Los que habitan el vacío. -Presentación de La Libertad, Ciudad de Paso de Omar Pimienta-

No soy escritora, como muchos de los presentes hoy, y es un honor para mí presentar este libro en calidad de miembro organizador del evento por una parte, y por otra de persona extranjera que admira el idioma y la cultura de este país.
Cuando llegue a vivir al norte de México, pensé en irme de fin de semana a la ciudad de Tijuana, aun no me daba cuenta de las 36 horas de carretera que me separaban de esa intrigante ciudad que, con su tequila-sexo-marihuana, enamoró a algún famoso cantante, símbolo francés de lo latinoamericano. Después de poco más de cuatro años de vida norte-mexicana, sigo sin haber pisado las calles de Tijuana pero, gracias a La libertad, ciudad de paso, tengo un sentimiento de familiaridad, de complicidad con ella y con su gente.
Libertad : estado de la persona que no esta presa ni sujetada a la voluntad de otra.
Por alguna extraña razón, Libertad, es el nombre del barrio más al norte de Tijuana, el que está en contacto directo con el muro, cercado por estas láminas que materializan la frontera entre México y EE.UU... Como quien dice, qué ironía. La Libertad también es el barrio en el que Omar Pimienta creció, es el contexto de sus recuerdos de la infancia. Desde su ventana de niño castigado, Omar, nos habla de una colonia en que las bicicletas tienen alas, donde hay marinos, pasan trenes, crecen geranios en pleno desierto, donde los árboles pasan volando entre burbujas de jabón. Nos habla de una ciudad en forma de armadillo en la que cada vecino es un héroe: Don Carlos, Dona Maru y sus tortas, el Juan, el Pareja, el Julio, el Enano, el Vale, Don Marcos y Dona Sara -sus padres-, los Camacho, la Abuela, habitan los recuerdos y la poesía de Omar que, al perder la esperanza de que vuelvan los héroes, los convirtió en leyendas humanas.
Entre mitología y cuento de aventuras, los personajes de La Libertad tienen una misión : cruzar al norte para unos, mantener algo de vida de este lado para otros. La Libertad, ciudad de paso retrata a los que se quedan y a lo que queda de los que se fueron. En la Libertad todas las casas se sostienen entre sí. Para no caer en la amargura, para aguantar el ambiente descortés de abusos, represiones e injusticias de una ciudad fronteriza, de paso, los vecinos parecen haber desarrollado un extraordinario sentido de solidaridad. En este libro, la complicidad es palpable.
Como lo hace Lalo Mora en sus corridos, el autor, aborda los temas de ausencia y de abandono que trata con una dosis justa de ironía y humor, salvándolo de todo sentimentalismo. Se podría decir también que su poética se acerca a la función inicial del corrido que, cual noticiero, conserva y difunde las acciones y aventuras de los personajes destacables de la localidad, ensalzando su memoria. En esa última zona mexicana, previa a Estados Unidos, las personas subliman el uso de esta ironía, casi sarcástica, que tanto define a los mexicanos.
Buscando burlar la represión de los migras, los habitantes desarrollan habilidades de tramposos como herramienta de sobrevivencia. En efecto, hay que ser astuto para no perderse en una ciudad desértica, desertora, desalojada. El pequeño Larousse illustrado define desalojar como la acción de abandonar un lugar dejándolo vacío. Omar Pimienta define La Libertad como sinónimo perfecto de desalojo. Por lógica, las personas que viven en La Libertad son las que habitan el vacío. Es lo que hace Omar Pimienta en este libro: darle una identidad a esos héroes anónimos, sugiriendo también una relación fusional con su ciudad. Tijuana aparece a veces como animal peligroso al que hay que contener entre muros ; como amante rencorosa y castrante que no perdona a los que huyen (…), corre a los que se quedan (…), diluye a los que vuelven; o como niña lastimada, abandonada a la que dejaron de cuidar.
Con su brillante poesía al alcance de convencidos lectores de narrativa, Omar nos demuestra que En esta ciudad de paso, hay un lugar para quedarse.


Lauréline Saintemarie, Monterrey, Nuevo León, marzo de 2007.

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