Notas de viaje Monterrey.



Muchas gracias a:
Gaby Torres
Minerva Reynosa
Noemí Zavala
Oscar David López
Sergio Tellez-Pón
Tryno Maldonado
Guillermo Fadanelly
Leonardo da Sandra
Francisco Alcaraz
Omar Bravo (que se comió mi six dollar burger)
Y chale a muchos más y por supuesto que desde luego que a la rockstar de la Amaranta Caballero.



La Amaranta, en el avión Tijuana-monterrey me dijó que odia la canción esa que no dice nada que va algo así: chacarun chacarun chacarun, werewerewerewerew wuru wuru wuru wuru won chacaron charum
Yo le dije que esa canción es genial y Amaranta se enojó también conmigo.

Monterrey tienen muchos bares que no recuerdo y un ranas que recuerdo muy poco (y que creo que se llama iguanas) que tiene cuatro o cinco salas con diferente música y un dj que está en lo alto.


una señora se le acercó a Fadanell y le dio un beso en la mejilla y le dijo: que dios te bendiga mijo.

Fadanelli tiene un buen corazón que se empaniza cuando puede.


Nos llovió y no hizo tanto calor.

Estoy muy endeudado con todos. Creo que pagaré escribiendo bien porque la verdad soy muy codo.

Siempre me pasa lo mismo en los encuentros. Cosas me gustan otras no tanto pero siempre me doy cuenta de que me falta un chingamadral de trabajo.

Algún día escribiré algo genial para que la gente que organiza estos eventos diga: ah mira, él es compa, nos pusimos bien pedos en mi encuentro.

Tengo que dejar de tomar, mi panza crece y crece, va como por los 6 meses de embarracho.




Gaby me dijo que me parezco mucho a su papá, él murió cuando ella tenía catorce, yo le dije que mi jefita murió también cuando yo tenía catorce. Me dijo que yo miraba igual que su padre. Me dio miedo, yo estaba borracho, ella no creo que tanto. Creo que dije mija y me arrepentí inmediatamente. Creo que me dijo: no me digas eso que lloro. Y callé como siempre.

El que quería llorar era yo. Gaby también se parece a mi jefita. La diferencia está en que a mí si me hubiera gustado que me dijera mijo. Creo que Gaby pagó la cuenta y después nos despedimos. Siempre es difícil despedirse de los parientes muertos.




textos leidos en el evento. creo que son los mismos de siempre pero bueno, son los que me gustan pues. Textos de La Libertada: Ciudad de paso. a salir si todo sale bien, en octubre.






V



Julio afirma que cruzar marihuana nunca le dio miedo.
Lo que le aterraba era que lo mordiera el perro.











Inspección secundaria



El primer migra en interrogarme fue mi madre:

¿Cómo se llama tu papá? Marcos Ramírez.

¿Cómo se llama tu mamá? Sara Pimienta.

¿Dónde vives? En Nacional City.

¿A qué fuiste a Tijuana? A visitar a mi abuela.

Y así, practicando antes del cruce, mucho antes de saber leer y escribir,
aprendí a mentir mirándote a los ojos.









III



¿Tú crees que las nubes voltean hacia abajo y dicen:
mira, esa ciudad tiene forma de armadillo?







I



Tijuana está diseñada y construida por el primer cochinito.








Goliat



Mataron a un vecino del Pareja:
balazo en la espalda; bala expansiva.

El migra dijo que la víctima era traficante de gente, de droga;
que fue en defensa propia,
que solo disparó después de ser atacado con piedras.

Y todos sabemos lo que pueden lograr las piedras.





IV



Entre la cañada norte de La Libertad y el primer cerro gringo: Tierra de Nadie.
Los migras se acomodan en su parte alta.
Nosotros en esta y parecemos cigarrillos al filo de un cenicero:

consumiéndonos,

deshumándonos.


Lejos, en la fiesta, se carcajean los labios, se rozan los dedos
invitados que hablan de fronteras
mientras encienden otro cigarro.








Julio:



Me suben el perro
rasga todo el asiento
lo metieron a la cajuela
lo marearon de darle tantas vueltas

Y al final, ya que me iba, se meó en la llanta

Bien que sabía donde estaba el clavo











Calle once y ferrocarril



Quedarme quieto.
Pasa el tren por las calles de La Libertad.

Los durmientes son barrotes que sostienen el mundo.
Deberíamos ser durmientes, como vías nos hemos perdido;
como vagones, descarrilado.

El metal que gira grita con el metal que guía.
Los carros se enojan.
Me tapo los oídos y recuerdo el zapato de un niño atropellado,
monedas aplastadas sobre la vía.

Me quedo tranquilo ante el tren que nos trajo hasta aquí,
a esta esquina transitada por alguna idea de progreso.
Espero el final de la procesión pensando en dormir un poco,
caminar sobre la vía con equilibrio y las manos vacías en los bolsillos.







Tijuana es ninfómana



La conocí en terapia, le invité dos cervezas
(al dos por uno).

Me contó historias increíbles para ser tan joven.

Me dijo que Tijuana dentro de Tijuana no cabía.

Confesó que los poetas eran aún peores amantes que los narcos
(ambos valoraban más su respectiva droga que un buen orgasmo).

Sus padres seguían juntos, pero no se hablaban.
La cama estaba dividida.

Me habló de una infancia llena de abusos.

Yo traía mi chamarra de piel gastada
ella era un homenaje post punk a Rita Hayworth.

Comenzó a llorar y afuera la lluvia se tragaba las casas.







VI



En Tijuana la esperanza muere al último


de forma violenta











Mi primer amor



Cuando Tijuana me dio mi primer beso me arrancó la lengua.

Al acariciarla me quemó las yemas.

Cuando por fin cogimos me castró.



Lo peor es su ira cuando sabe que la amas.






Fuego



Dicen los noticieros que San Diego se quema,
que alguien olvidó apagar una fogata.
Casas enteras hechas carbón, gente desalojada:
se quema la primavera de una falda floreada
la firma de papeles importantes
los negativos de las fotos de familia.

El cielo está rojo, cae ceniza.

Yo sé que fuiste tú: piromaniaca en serie.

Aún puedo oler el humo de mis paredes.
Todavía la imagen de esta ciudad ardiendo por completo.
Con el dedo en el lente enfoco lo que tus dedos encienden.
Aquí el cielo se puso rojo como tus pupilas frente al flash
pero no sonríes.

Dicen los noticieros que el culpable seguramente huyó a Tijuana.

Aquí te espero. Llama.






La caída de las torres



Te fuiste cuando se cayeron las torres.
Poquito antes, poquito después, no importa;
cuando se asentó el polvo ya no estabas aquí.

Comencé a cruzar la frontera en bicicleta;
la amarraba a la cerca del trolley,
haciéndole campo entre otras
como se mete un naipe entre cartas esparcidas.

Llorar sobre dos ruedas no es sano.
Tampoco pasar la noche esperando el cruce:
saturación de luces rojas,
demasiado tiempo para pensar en irse.

Esa mañana murió la abuela, 97 años
y monedas siempre en la mano para darme.
No alcanzó a ver los aviones estrellarse
sí la cara de sus hijos o el largometraje de su vida
a la velocidad que cae un cuerpo desde el piso 97.

En casa la noticia golpeó igual de fuerte, se rompieron vidrios:
las lágrimas de mi padre y el silencio de las cosas que se quiebran por dentro.

Aquí también se vino abajo algo, no todo, porque mucho en la casa
está acomodado y sujeto para no caerse.

La experiencia: prepararse para el temblor porque se espera otro,
el grande.

Yo cruzaba en bicicleta para no hacer las horas de cola en carro.

Tú, te fuiste cuando se asentó el polvo.

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