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Acabo de escribir un cuento de amor, triste, muy triste. Tal vez es un cuento triste con algo de amor. Lo he terminado y quiero que siga. Me pasa algo raro con los personajes. Me enamoro de los personajes. Sean batos o sean morras, sean culeros o sean normales.
Soy malo para escribir cuentos. Puro amor me dice el Tavo, qué en tus cuentos nadie coje me pregunta el Pato. Chale. Tristes ambas cosas.
En este cuento me pasa algo distinto, Ella tiene vida propia. A ella no la conozco, a él siempre lo conozco, él no se puede escapar de mi o por lo menos no puede dejar de volver a mi. Con ella tengo problemas, o será que ella tiene problemas conmigo. Dice cosas que no quiero que diga. Ella se va. Se va con su falda larga, por un pasillo con espejos. La sigo por un rato hasta que me veo reflejado. Después retrocedo, como el camarógrafo que sale en las pelícualas malas. Ella me sonríe desde la otra orilla del pasillo, ajusta su falda, cruza los brazos(en otros cuentos prende un cigarro) entristece un poco cuando se da cuenta que no la seguiré. Ella regresa al set y actúa de nuevo. Él no la comprende pero el rodaje sigue o el cuento sigue.
En este cuento no hay final feliz y no me refiero al que acabo de escribir sino al que escribe.

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